Imagino las manos del hombre que unió sus piezas, le puso el relleno, cosió ojos y boca hasta las pestañas que delimitan unos ojos enormes, aquel que también hizo el vestido satín que tanto acaricia la imaginación de algún poeta triste. Esa muñeca sale a la calle a buscar piezas de un rompecabezas estelar que ha perseguido toda su vida o quizás como toda ilusión, fuesen las luces de una pequeña lámpara que vio su nacimiento allá por los años cuarenta. Vive llena de roedores, de zapatos viejos y escaleras de caracol. Pero un día va a decidir inventar una canción que empiece con una muñeca tan triste como ella, tan desconfiada, misma que algún compositor del siglo xx cantará en su honor.
domingo, 22 de noviembre de 2015
Guardando el equilibrio del pie derecho
Guardando el equilibrio del pie derecho
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