Imagino las manos del hombre que unió sus piezas, le puso el relleno, cosió ojos y boca hasta las pestañas que delimitan unos ojos enormes, aquel que también hizo el vestido satín que tanto acaricia la imaginación de algún poeta triste. Esa muñeca sale a la calle a buscar piezas de un rompecabezas estelar que ha perseguido toda su vida o quizás como toda ilusión, fuesen las luces de una pequeña lámpara que vio su nacimiento allá por los años cuarenta. Vive llena de roedores, de zapatos viejos y escaleras de caracol. Pero un día va a decidir inventar una canción que empiece con una muñeca tan triste como ella, tan desconfiada, misma que algún compositor del siglo xx cantará en su honor.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario