domingo, 22 de noviembre de 2015

Adiós a la muñeca fea

Imagino las manos del hombre que unió sus piezas, le puso el relleno, cosió ojos y boca hasta las pestañas que delimitan unos ojos enormes, aquel que también hizo el vestido satín que tanto acaricia la imaginación de algún poeta triste. Esa muñeca sale a la calle a buscar piezas de un rompecabezas estelar que ha perseguido toda su vida o quizás como toda ilusión, fuesen las luces de una pequeña lámpara que vio su nacimiento allá por los años cuarenta.  Vive llena de roedores, de zapatos viejos y escaleras de caracol. Pero un día va a decidir  inventar una canción que empiece con una muñeca tan triste como ella, tan desconfiada, misma que algún compositor del siglo xx cantará en su honor.

Guardando el equilibrio del pie derecho

 
 

Guardando el equilibrio del pie derecho

Será que he guardado silencio por tanto tiempo que se ha convertido en un gato marrón de sonrisa hiriente, reconozco que ese gato no existe, pero también que mi percepción de las cosas ha cambiado un poco, por ejemplo, utilizo la letra h para todo hasta para comer en la sopa de letras. Ese gato invisible maúlla en mi oído a veces, puede ser que sea en aquellos momentos donde mi presión se eleva y descubro que la mortalidad es tan real como las monedas de cincuenta centavos que ya casi desaparecen. Y no tengo motivos para quejarme, o por lo menos no gravemente, carezco de faltas extremas de ortografía y si deseo vencer todas las leyes de la sintaxis retuerzo algunas estructuras para que mi pequeño espíritu revolucionario esté en paz. Por lo menos, no he caído en la fiebre del haiga, no me he contagiado del pegajoso onde y ese maldito gato me rasguña la barbilla cuando tropiezo en un error gramatical.

Poesía, cuento y otras reflexiones